Breve playlist de introducción a la música clásica

Allé voy.

La playlist es esta. Y esta es la explicación del por qué esas y no otras.

Sinfonía No.25 en sol menor, K.183: 1. Allegro con brio – Mozart

A los diecisiete años yo comía pizza, pasaba volando por encima de tercero de BUP y alquilaba pelis gore y de ciencia ficción noventera. Mozart compuso esta sinfonía. El primer movimiento, un allegro con brio, es un ejemplo de libro de ímpetu adolescente aplicado a la composición. Es como el Kill’Em All de Metallica pero si lo hubiese escrito James Hetfield unos doscientos años antes de lo que lo hizo. Es velocidad, alegría desbordada y contrapunto armónico e incluso irónico por momentos. Casi romántico, como anticipando lo que vendría unas décadas más tarde.

Serenata en si bemol, K.361: 3. Adagio – Mozart

Esto lo dijo el recientemente fallecido y nunca suficientemente reivindicado Peter Shaffer por boca de F. Murray Abraham. Que sea él quien hable de esta pieza.

On the page it looked nothing. The beginning simple, almost comic. Just a pulse. Bassoons and basset horns, like a rusty squeezebox. And then suddenly, high above it, an oboe. A single note, hanging there, unwavering. Until a clarinet took over and sweetened it into a phrase of such delight! This was no composition by a performing monkey! This was a music I’d never heard. Filled with such longing, such unfulfillable longing, it had me trembling. It seemed to me that I was hearing the voice of God.

Concierto para Piano No.22 en mi bemol, K.482: 3. Allegro – Andante cantabile – Mozart

Este movimiento me encanta porque Mozart establece un diálogo entre el solista y el resto de la orquesta. A veces se enfrentan, a veces dialogan y un par de veces van juntos, pero siempre se relacionan entre ellos. Incluso se da el lujo de introducir un pasaje lento en un movimiento clasificado como allegro, momento en que el pianista se jode tres falanges de la mano derecha con un trino que dura tantos compases que crees que se va a hacer daño de verdad y después vuelve a hacerlo para regresar de nuevo al tema principal. Es una delicia.

Concierto para dos pianos y orquesta No.10 en mi bemol, K.365: 3. Rondo – Mozart

Este concierto está compuesto para lucimiento de los pianos, que van intercambiando ideas y respondiéndose el uno al otro mientras la orquesta permanece en un discreto segundo plano. Es un simple acompañamiento para los pianos, un colchón melódico que repite los temas principales mientras éstos los desarrollan.

Don Giovanni, K.527: Obertura – Mozart

Probablemente la ópera más oscura, tétrica y monolítica de Mozart. Empieza con una rugiente sección de cuerda en re menor, posiblemente el tono más dramático de todos, y poco a poco va subiendo en espiral hasta la cúspide de su tema, un sonido arropado por los contrabajos y los metales más graves. Pero ni siquiera así puede Mozart evitar colocar algunos fraseos alegres, propios de alguien que siempre, siempre, estaba de broma.

Requiem en re menor, K.626 – Mozart

Y por fin hemos llegado. Posiblemente su obra más famosa, no su obra cumbre por muy poco, una misa de requiem casi completa que instiga el temor de dios en los corazones de quienes la escuchan. De nuevo en re menor, de nuevo grave, solemne y seria, el requiem de Mozart es un discurrir por todas las etapas del credo cristiano más oscuro y lóbrego, el que rinde culto a la muerte y la celebra más que a la vida. Tal vez la sección más conocida sea la segunda, la sequentia, con el dies irae, el rex tremedae, el confutatis y el lacrimosa. Si alguien tiene ganada de sobra la inmortalidad es Mozart tras componer esta obra atemporal que sigue estremeciendo doscientos años más tarde.

Danza macabra en sol menor, Op.40 – Camile Saint-Saëns

La danza macabra, la tonada que la propia Muerte interpreta la noche de Walpurgis para acompañar a los muertos en su danza hasta que canta el gallo, está aquí representada por el violín solista al que responden el resto de instrumentos. El violín interpreta su tema y la orquesta responde a la vez que lo desarrolla, como un coro putrefacto que sacude sus miembros sin poder evitarlo.

Los Planetas, Op.32: Marte, el portador de la guerra – Gustav Holst

Ya me extenderé en otro sitio, pero Gustav Holst consiguió con su suite Los Planetas influir la música de todo el siglo veinte. Este Marte es la prueba de que Basil Poledouris, James Horner, John Williams y hasta Hans Zimmer beben directamente de esta obra maestra. La cadencia de corcheas que va subiendo en intensidad, los tambores de la guerra, los instrumentos de viento-metal anunciando la llegada del propio dios de la guerra, son la encarnación del conflicto.

Preludio en do sostenido mayor, Op.3 No.2 – Sergei Rachmaninoff

Si Mozart compuso su sinfonía número veinticinco con diecisiete años, Rachmaninoff compuso este preludio a los diecinueve. Es totalmente romántico, las sensaciones se desbordan en una cascada de acordes mayores alternados con su trasposición menor. Rachmaninoff sufría de depresión y esta obra es un fiel reflejo de ello, alternando secciones vertiginosas con fraseos largos y pausados, lentos, donde las corcheas furiosas se convierten en tranquilas redondas.

Aire en sol – Johann Sebastian Bach

Esto no es más (ni menos) que el arreglo para cuarteto de cuerda de la suite para orquesta número tres, BWV 1068, de Bach. Inmortalizada en tantísimas obras (la peor de las cuales no es el combatazo de Asuka con los EVA producidos en serie), esta suite representa la parte más viva y jovial de un hombre que dedicó su vida y su talento infinito a cantar la gloria de dios.

Adagio, del concierto No.3 en re menor de Alessandro Marcello – Johann Sebastian Bach

Esta obra, originalmente escrita para cuerda, es un arreglo que el propio Bach compuso para clave. No puedo expresar con palabras lo que significa tocarla al piano. Cuando crees que vas a resolver una frase, te paras. Cuando crees que vas a seguir subiendo, se trunca. Cuando crees que vas a seguir ascendiendo en la escala inauguras un tema nuevo en una octava más baja. La mano izquierda es tan sólo una sencilla sugerencia, un colchón sobre el que se desarrolla el tema principal de la mano derecha. Una de las piezas más emocionantes de la historia de la Música.

Gimnopédia No.1, Lenta y dolorosa – Erik Satie

Erik Satie era francés y bohemio, así que ya se pueden imaginar qué esperar de esta obra. Es, como su cadencia indica, lenta y dolorosa. Es anestésica, balsámica, es un día lluvioso visto a través de la ventana de un estudio en París. Es otoñal, gris, reposada. Dolorosa. Y los compositores japoneses de anime se han hartado de fusilarla, pero eso también lo contaré en otro sitio.

Preludio en mi menor, Op. 28 – Frédéric Chopin

Si alguien dijo algo mejor de lo que tú jamás lo podrás decir, usa sus palabras.

Antes de escuchar esta canción pensad en una persona especial en vuestra vida que ya no esté entre nosotros. Una madre, un amante, un hermano. Cerrad los ojos y visualizadla a lo largo de toda la pieza. Y entonces entenderéis lo que Chopin quería transmitiros.

Variaciones Goldberg, BWV 988: Aria da capo – Johann Sebastian Bach

Otra muestra del inmenso talento de Bach. Una pieza reposada, con varias voces que se entrelazan y se complementan, interpretada por el único hombre que ha sido capaz de llevar la interpretación de Bach a un nivel al que nadie nos atrevemos a ir: Glenn Gould. El amor (en este caso a dios), la adoración, son tan palpables en esta pieza que es casi intoxicante.

Spiegel im spiegel – Arvo Pärt

Va, algo de música más o menos contemporánea. Arvo Pärt es el compositor de música sacra más celebrado del siglo veinte y con sobrados motivos. Casi minimalista en su composición, esta pieza utiliza un soporte de piano que va progresando a través de la tonalidad mientras un violín desgarrador va flotando por encima de él.

Preludio en do mayor, BWV 846 – Johann Sebastian Bach

Otra que tampoco puedo describir imparcialmente porque también la toco. Creo que todo el mundo que sabe de música está de acuerdo en que es imposible exprimir más la escala de do mayor, que lo que hizo Bach con ella fue sacar todo, absolutamente todo lo que se puede sacar de una tonalidad. Y luego lo hizo con cada una de las tonalidades que existen. En esta pieza los acordes se entrelazan para plantear y resolver y, al final, estirar la resolución hasta que ha de entrar el acorde de do mayor a poner algo de paz y terminar la pieza. Dura dos minutos y medio y contiene el universo en su interior.

Sonata para piano No.21 en do mayor, Op.53: III, Rondo – Ludwig van Beethoven

Beethoven fue el señor que se echó la música de su tiempo a la espalda y la llevó él solito hasta el romanticismo. El último movimiento de la sonata Waldstein es una maravilla de escalas ascendentes y descendientes, de trinos, arpegios y paisajes en los que la música llena por completo el aire antes de dar paso a un breve lapso en el que se plantean nuevos temas que serán desarrollados más adelante.

Sonata para piano No.14 en do sostenido menor, Op.27, No.2: 3. Presto agitato – Ludwig van Beethoven

Cuando alguien menciona la sonata Claro de Luna todo el mundo piensa en un paisaje árido, desértico, polar. Una melodía fría, gélida como el infierno que va desgranando un tema melancólico y dramático. Ese es sólo el primer movimiento. Este es el tercer movimiento, que no se parece en nada al primero y que es un torrente desbordado de emociones, de velocidad ascendiente. Esto sí es la sonata Claro de Luna.

Scherzo No.2 en si bemol menor – Frédéric Chopin

Chopin, un señor que sólo escribió piezas para piano, escribió esta animalada de pieza que recorre todas las octavas de un piano arriba y abajo, que satura al oyente con melodías en ambas manos que se complementan y se responden.

Concierto para piano No.1 en si bemol menor – Pyotr Ilyich Tchaikovsky

Joder, me encantan los compositores románticos rusos. Un concierto que comienza con un piano casi aporreado, al borde de la disonancia, y que de repente se convierte en una montaña desde la cual observa al resto del mundo e impone su presencia. El precursor de tantos y tantos italianos que se inspirarían en su ferocidad para componer sus óperas, una pieza absolutamente agotadora que exige lo mejor de cada intérprete durante casi cuarenta minutos. Una auténtica maratón.

Obertura 1812 – Pyotr Ilyich Tchaikovsky

Sí, más rusos. En lo que un pedante describiría como un ejercicio de reafirmación patriótica, el mismo señor de antes decidió echar el resto y componer una obra que se burla de los franceses al intercalar los primeros compases de La Marsellesa. Escrita para conmemorar la derrota de Napoleón (ya saben, a Rusia no se la conquista tan fácilmente), el muy loco de Tchaikovsky la compuso y explicitó el uso de carrillones y hasta putos cañones de artillería en el movimiento final. Sin duda, la única pieza musical apta para salir de Stalingrado a bordo de un tanque.

Tannhäuser: Obertura – Richard Wagner

Wagner todo lo hacía a lo grande. Tan a lo grande que una obertura, que suele durar unos cinco minutos, aquí dura quince. Wagner es lento, metódico; plantea los temas y los desarrolla sin prisa, como cemento fraguando al sol, como un árbol creciendo. Planea a largo plazo y de repente, cuando te quieres dar cuenta, estás atrapado.

Así habló Zarathustra, Op.30: Preludio – Richard Strauss

Sí, la de 2001. Pero imagínense esto en el Teatro de los Campos Elíseos a finales del siglo diecinueve, rodeado de estirados aristócratas franceses a los que este alemán (¡nada menos que un alemán en París!) venía a escandalizar con su muro de sonido casi un siglo antes de Phil Spector. La conmoción fue tal que durante décadas esta obra fue fundamental en el desarrollo musical del siglo veinte.

Tocata y fuga en re menor, BWV 565: Tocata – Johann Sebastian Bach

Sin duda la obra más célebre de Bach. Este castillo compositivo para órgano es el testimonio de un dios impasible, un dios que te mira y te hace entender que no existe otro más que Él, que le debes pleitesía y que tu vida es insignificante a su lado. Y ese dios es Bach, un talento inhumano que no ha sido superado y que me cuesta de creer que haya dejado algo a los demás por donde poder superarle.

Egmont, Op.84: obertura – Ludwig van Beethoven

Beethoven predice aquí los ballets rusos. Es imposible negarlo. Es una obra prácticamente rusa, romántica y llena de vida. No tiene más, Beethoven se volvió Tchaikovsky antes que Tchaikovsky para componerla.

El murciélago, obertura – Johann Strauss

Los vieneses siempre han ido un poco a su rollo en el tema musical. Valses, polkas, alguna ópera y ya. Sobre todo, música para la aristocracia y la nobleza. Otro tipo de música, por cierto, plagiada hasta la muerte por compositores japoneses.

Sinfonía No.7 en mi mayor: 2. Adagio – Anton Bruckner

Esta obra, y este movimiento en concreto, fue compuesta como un requiem soterrado para Wagner, quien ya veía declinar irremediablemente su salud. El segundo movimiento es de una belleza estremecedora, de una gracia única. Es la muerte, que viene a llevarte de manera pacífica, tranquila. Has vivido una vida plena. Cualquiera sería afortunado de morir si en ese momento se alcanzara semejante paz.

Noche transfigurada, Op.4 – Arnold Schoenberg

Antes de la atonalidad, antes de revolucionar por completo la concepción de la música, Schoenberg compuso este sexteto de cuerda en tan sólo tres semanas. Y lo compuso por el único motivo por el que alguien puede componer semejante obra en tan poco tiempo a los veinticinco años: porque se enamoró. Esta obra está dedicada a la que sería su futura mujer y tiene influencias claramente wagnerianas en cuanto a lo lento del desarrollo, los temas de cuerda que se responden unos a otros y el aire romántico de la composición.

Cavalleria rusticana – Intermezzo – Pietro Mascagni

Sí, la han escuchado antes. En El Padrino III cuando Michael abraza a su hija muerta y recuerda su vida. Y precisamente es eso de lo que trata la pieza. Pietro Mascagni, un compositor italiano que componía para comer, como tantos otros, desató en este intermezzo la belleza más absoluta, la nostalgia, el amor, la pérdida. Todos esos sentimientos flotan en un mar de cuerdas roto tan sólo por ocasionales olas de viento y madera. Los italianos se las pintan solos para esto, maldita sea.

Castor y Polux, RCT 32, Acto I, Escena 3: Tristes aprêtes, pâles flambeaux (Télaïre) – Jean-Phillipe Rameau

Cierren los ojos. Dejen todo lo que estén haciendo. Cojan un pañuelo, cierren los ojos y abandónense a este lamento, a este llanto por el amante que ha regresado muerto de la guerra. Lo del pañuelo es porque van a llorar como hemos llorado todos. No pasa nada, es normal. Por cierto, la interpretación que más me gusta es la de Nadine Koutcher.

O Mio Babbino Caro – Giacomo Puccini

Maria Callas era de otro mundo. Y cuando interpreta este aria, de Gianni Schicchi, si al llegar a ese Mi5 no se les saltan las lágrimas es que no son humanos. No hay más.

Y conforme se me vayan ocurriendo más las iré poniendo.

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3 pensamientos en “Breve playlist de introducción a la música clásica

  1. maquinangel dice:

    “Dura dos minutos y medio y contiene el universo en su interior.” Con esta expresión creo que queda resumido todo lo que sentí al escuchar estas obras maestras. De niño también quise tocar el piano, pero no se pudo. El caso es que sin saber mucho de esto, uno trata de imaginarse que se siente al tocar estas notas, estos acordes, todas las sensaciones que se transmiten desde las manos y en todo el cuerpo.

    Realmente lo disfrute mucho y sobre todo con la explicación que le das. Escuche todas y cada una, y cuando llegue a la de Maria Callas, de verdad se siente algo estremecedor, me recuerda cuando también tenía 17 años y compre el cassete de “Carmina Burana” y escuche “Dulcissime”. Bellisimas todas estas obras.

    Cuando trate de describir alguna de estas obras y no sepa que decir, usare las palabras del inicio de todo este comentario.

  2. Miguel Máiquez dice:

    Gracias por esta maravillosa selección, y por los magníficos comentarios. Menudo regalo. Solo una cosa: hay una errata en el Concierto para piano No.1 en si bemol menor, que es, como sabes, de Tchaikovsky, no de Chopin… No le digas a un polaco que Chopin era ruso, si quieres seguir vivo ;). Saludos, y gracias otra vez.

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