Lemmy y Bowie

Tenía ganas de escribir sobre estos dos.

Ian Fraser estaba ahí antes del rock and roll. Esa frase, que pilló por sorpresa hasta a alguien tan curtido como Henry Rollins, es el mejor resumen de la vida de un titán. Alguien que recuerda una época anterior a Elvis, anterior a Jerry Lee, anterior a Little Richard (de quien decía que tenía la mejor voz del rock and roll) y que cimentó las bases de la vertiente más dura de ese sonido junto con otros miembros del panteón tan honoríficos como Black Sabbath o Deep Purple. El propio Ozzy decía que si le obligan a decidir quiénes son los padres del heavy metal, si ellos o Motörhead, posiblemente se decantase por Motörhead. Porque sin ellos no existiría nada o, como mínimo, sería muy diferente.

El heavy metal es poco dado al análisis académico. Donde otros estilos musicales sí cuentan con estudios históricos rigurosos acerca de influencias, figuras predominantes, estilos y evolución, la propia naturaleza del heavy como música rebelde y de gusto adquirido la convierte en un lugar desapacible para un estudio académico. De hecho, salvo Sam Dunn y su brillante serie de documentales, se me ocurren pocos ejemplos de estudios que se tomen el género como una manifestación artística digna de ser estudiada. Pero todos los que saben algo del tema coinciden en algo: Lemmy, tanto en Motörhead como en Hawkwind, es fundamental para entender la evolución de casi medio siglo de música.

Innumerables bandas, desde Metallica hasta Green Day, pasando por géneros tan dispares como el punk, el hardcore y el death metal, veneran a Lemmy como su único dios. Es una de las pocas figuras de la industria de la que nadie habla mal, no existe controversia alguna a su alrededor. Lemmy fue siempre tan auténtico, tan honesto, que nadie tiene una mala palabra para él. Ni siquiera Justin Hawkins, frontman de The Darkness, con quien tuvo polémica cuando Lemmy dijo que su disco era una mierda, fue capaz de abrir la boca para decir nada malo de él. En el fondo es normal, si Lemmy dice que tu disco apesta te lo tomas como palabra de Dios y lo admites como un hecho de la vida.

Scott Ian ya no dirá aquello de «vamos al Rainbow a tomar algo y saludar a Lemmy». James Hetfield ha perdido un mentor. El rock ha perdido a su dios. Porque todo el mundo sabe que Lemmy es dios. Cuando al final del documental que lleva su nombre le preguntan como le gustaría irse él lo piensa durante unos segundos y responde: «en la cima de una montaña, con un relámpago y un trueno, mientras se escucha: “os he vuelto a engañar”». Te has ido un veintiocho de diciembre, Ian. Nos has vuelto a engañar a todos.

Lemmy

Igual que Bowie

Vivimos en la era del clickbait, qué duda cabe. En una época de consumo rápido de información en la que ésta debe ser escueta, fácilmente procesable y digerible para llegar a cuantos más segmenos de población mejor. Una población que, según esos señores con lustrosas corbatas que reducirían (y reducen) a su madre a un montón de estadísticas, gráficas y big data procesados, tenemos la capacidad de atención de una piedra particularmente tonta. En una época como esa Blackstar debía tener su crítica el mismo viernes en que se lanzó. Docenas, tal vez cientos de websites, se lanzaron a criticar un disco en menos de veinticuatro horas (algunas en menos de doce), los cuarenta y poco minutos de música con la que Bowie decía adios.

Y ese es precisamente el problema: que nadie lo vimos venir. Nadie vio que era una despedida y creo que Bowie ha usado su propia muerte para tomarnos el pelo. Pero no de una manera cruel o egoísta, sino burlona y bromista como él siempre fue. Histriónica y de opereta si quieren, pero que en el fondo no deja de ser digna de un bromista.

David Bowie

Ahora mismo, apenas cuatro días después de su lanzamiento, no es que se puedan tirar a la papelera todas las críticas ya escritas, sino que son sólo la mitad de la crítica. La otra mitad viene cuando vuelves a escuchar el disco sabiendo que era su despedida. Cuando I Can’t Give Everything Away y su «saying no but meaning yes, this is all I ever meant, that’s the message that I sent» te golpea con la dureza de un martillo. Cuando Lazarus y su «look up here, I’m in heaven, I’ve got scars that can’t be seen, I’ve got drama, can’t be stolen, everybody knows me now» habla bien a las claras. Lo que antes parecía simplemente una obra artística se convierte de repente en un último adios, en la despedida de un hombre que sabía que nos iba a pillar desprevenidos. Que sabía que correríamos a publicar la crítica de Blackstar y a olvidarnos al día siguiente, porque tal es la naturaleza de la información en estos tiempos, y que quiso tomarnos el pelo de la mejor manera posible: usando nuestro impulso contra nosotros mismos, como un experto en artes marciales.

¿Era su intención burlarse de un paradigma en el que la información es un producto más de usar y tirar que nunca? ¿Quiso el señor Jones obligarnos a escuchar el disco bajo dos prismas diferentes, realizando así la pirueta artística definitiva? Nunca lo sabremos. Y en realidad no importa, tanto si fue su intención como si no el resultado es el mismo. Blackstar es ahora una obra diferente porque cae bajo la sombra de los acontecimientos. Bowie lo consiguió: voluntariamente o no, fue por delante del resto de nosotros hasta el final.

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