Cuando toco

Hace veinte años aprendí a tocar el piano y luego lo dejé. Dice mucho de esa decisión que sea la única de la que me arrepienta en treinta y cuatro años de encadenar decisiones dudosas y desastrosas consecuencias una tras otra. Porque es la única mala decisión de mi vida que nunca ha tenido consecuencias positivas. Fue un error absoluto, sin paliativos y sin lado bueno. Afortunadamente, lo he remediado.

Si lo pienso, mi madre ha sido la artífice de las dos decisiones que han cambiado mi vida, la persona sin la que no podría haberlo conseguido. Pude sacarme el ciclo de programación porque ella nos mantuvo a los dos con su sueldo y su esfuerzo durante dos años y aprendí a tocar el piano porque ella empezó a dar clases de inglés en la asociación cultural de una cooperativa. En esa asociación se daban clases de piano y me admitieron a mí por ser su hijo. No hubiésemos tenido dinero para pagar las clases; de hecho, mi teclado, mi Yamaha PSR-180, salió de los cheques de El Corte Inglés con el que le pagaron una vez a mi padre en el trabajo. Así que empecé a dar clases en séptimo de EGB, con once o doce años. Mi profesora se llamaba Rosita, era una señora mayor encantadora a la que quise un montón y que también me quería mucho. Fui su único alumno por libre, el resto iban como refuerzo para el conservatorio. Yo tocaba lo que quería, lo que me apetecía: Mozart, Strauss, Clayderman (tenía once años y nada de criterio)… incluso toqué un tango una vez. Fueron buenos tiempos. Hasta que descubrí el jebi y tomé la peor decisión de mi vida: abandonar las clases. Olvidé todo lo que alguna vez aprendí sobre tocar el piano. Todo. Es como si jamás hubiese ocurrido. Y esa chispa se apagó para siempre. O eso creí.

Hace año y pico escribí aquí mismo que la principal motivación para encontrar trabajo era volver a tocar el piano. Encontré trabajo pero me quedé sin tiempo material para aprender, así que lo pospuse. Y lo pospuse. Y lo volví a posponer. En el ínterin, un traslado a Barcelona para vivir, trabajar y hacer grandes amigos. Y seguía posponiéndolo. Durante todos esos años había intentado infructuosamente reaprender por mi cuenta a tocar el piano, intentos que se saldaron con un fracaso estrepitoso tras otro. Sencillamente no podía, no era capaz de hacer lo que una vez hice. Y me frustré. Sí, quería reaprender a tocar y volver a sentir lo mismo, pero era uno de esos propósitos de año nuevo, de los que en el fondo sabes que si no los llevas a cabo no pasa nada.

Hasta que encontré un post en el subreddit de piano y leí este webcomic. Luego leí el artículo que refiere y conocí a James Rhodes. Entonces me eché a llorar enmedio de mi habitación, de noche, sin poder evitarlo, porque era exactamente la historia de mi vida. Alguien había convertido mi vida (salvo la parte de los críos y el matrimonio; bueno, y el ser americano de ascendencia asiática) en un comic y me la había tirado a la cara sin anestesia. Y cuando te ves enfrentado a la verdad descarnada sobre tus errores y carencias tiendes a acusar el golpe. Así que me puse a buscar profesor de piano. Encontré a Pau, un tío de puta madre que me da una hora a la semana de clase de piano en su casa. Empecé en septiembre y las sensaciones han sido… interesantes.

Por un lado, tocar el piano me da la vida. Es innegable. Uno nunca sabe lo mal que está hasta que vuelve a estar bien, y no sabía lo muchísimo de menos que echaba tocar el piano hasta que lo he vuelto a tocar. Independientemente de lo mal que me fuera el día, o incluso la semana, el simple hecho de estar una hora haciendo digitaciones y ritmos era suficiente para que saliera de allí caminando a medio metro por encima del suelo y con una sonrisa de oreja a oreja enseñando las encías. Sólo con tocar. Sin que tuviera mucho sentido lo que sonaba, que tampoco era necesario, simplemente por sentirme progresar, por ver la mejora semana a semana, por ver como mi cerebro va cambiando de forma hasta que encaja con el piano. Por otro, la sensación de torpeza, de ser un potrillo recién nacido que no sabe tenerse en pie. Intentarlo y no poder. Los dedos no te responden porque tu memoria muscular se acuerda pero no eres capaz de tocar. Hasta que, como dice en el webcomic, «if you’re very lucky, you end up with something halfway resembling the end product». El momento en que consigues tocar algo que suena. Algo coherente. El momento en que despiertan dentro de ti las ganas de tener tu propio piano.

Así que me lo compré. Con el dinero del finiquito de mi anterior trabajo me compré un piano digital, un Yamaha P-45 con el que he dado por el culo a tirios y troyanos en Twitter, que ahora reposa en mi habitación y con el que no pasa un solo día, si puedo evitarlo, sin que lo toque. Un piano que se llama Ludwig, porque todos mis instrumentos tienen nombre propio (¿de qué otra manera podría distinguirlos, si no?). Un piano con el que estoy aprendiendo cosas por mi cuenta ahora que ya voy con ruedines en la bici en vez de ir a pie.

Necesito tocar. No hay más vuelta de hoja.

Cuando toco estoy completamente vivo y a la vez solo en el universo, tan solo como únicamente alguien que toque un instrumento puede entender. Estoy solo con la música, solo con las teclas. Solo, en un lugar tan aislado que nadie puede llegar a donde estoy. Tocar el piano es la soledad absoluta. El intérprete es el solipsista perfecto. Nada más existe, ni la audiencia, ni el entorno, ni siquiera la banqueta en la que te sientas. Tocar significa aislarse de la realidad.

Necesito tocar como necesito respirar. Producir música es un acto de creación puro e indiscutible, es lo más parecido que un ser humano puede estar de crear auténtica magia. Uno aprende el hechizo, aprende los movimientos corporales necesarios para realizarlo, y luego, cuando los pone en práctica, mueve los dedos en el orden correcto y obtiene muchísimo más que lo que el simple hecho de mover los dedos podría sugerir. Exactamente igual que un mago que mueve un dedo y convierte a un posadero en una oveja.

Tocar el piano es hacer magia. Es convertirte en el demiurgo, en la única entidad de tu universo, en alguien que crea algo a partir de la nada. Y con suerte y perseverancia, ese algo es bonito.

Cuando toco me siento inmensamente feliz.

20151121_195308

Anuncios

3 pensamientos en “Cuando toco

  1. Zafion dice:

    Has hecho que me salten las lagrimas.

  2. Ricardo dice:

    Genial post, me ha encantado. Siempre tuve buen oído para la música y el instrumento que más me gusta es el piano (muy cerquita, la guitarra eléctrica, pero en esa soy un auténtico desastre). Me compré un teclado hace un par de años y no tengo conocimiento alguno de música, pero me encanta cómo suena. Sacaba las canciones de oído, jamás he podido coordinar ambas manos pero sé que es ponerse y ponerse, y descubrí Synthesia, que ayuda y es muy entretenido. Ganas tengo de reencontrarme con el teclado, que aguarda en la oscuridad de su caja en lo profundo del trastero. Como siempre, lo que me falta es tiempo y, cómo no, constancia. Saludos.

  3. Daniel dice:

    Hola!

    Me ha gustado leer mucho este post, es entrañable.

    Al igual que vos, soy programador, trabajo de forma independiente.
    Me gusta mi trabajo, es algo que siempre hice como un hobbie, desde los 9 y se transformó en profesión.

    Pero también siempre me gustó la música. Toqué guitarra desde los 14, pasé por varios profesores, métodos, bandas y proyectos musicales. Estudié para licenciado en audiovisión, pero llegué solamente (por “aburrición”) a la tecnicatura en sonido y grabación. Además estudié bandoneón y piano. Tengo 38 y dejé de lado la música a los 24 que es cuando empecé a desarrollarme profesionalmente. Un verdadera y sentida pena.

    En este momento, donde el día se reparte entre trabajo, familia y amigos, siento una leve tristeza, una carraspérica micro-angustia cuando pienso si podré alguna vez volver a dedicarle tiempo a la música o, siendo más sensato, a la guitarra o el piano. Hacer que suene, que se ría conmigo como lo hiciéramos en aquella época. Volver a ver como mi cerebro va cambiando de forma hasta que encaja con ella.

    Me gustó el webcomic y la historia de Rhodes. No creo llevarlo a ese extremo, pero si he tomado una resolución: dedicar mis 30/60 min diarios para practicar. Ya he puesto mi despertador a las 6:00 AM.

    Felicitaciones por Ludwig! y por el blog. Tiene otros muy buenos e interesantes posts.
    (Ahora estoy escuchando la playlist de Spotify)

    Gran abrazo!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: